El Cristo abortado

Rev. Andrés Casanueva

En un contexto cultural muy rígido, donde quedar embarazada para una jovencita de pocos años y comprometida, podría resultar la lapidación sin atenuantes, y con ello ciertamente una muerte horrorosa, quizás la mejor solución habría sido el aborto.

Pero ni para esta jovencita, ni para sus parientes ni para el mismo prometido quien tenía la certeza de que ese bebé que María esperaba no era suyo, el eliminar esa vida no fue una opción. De hecho la Biblia que relata este pasaje ni siquiera considera esta posibilidad. ¿Por qué? Porque a los ojos de Dios jamás el aborto será una opción.

Para quienes creemos en Cristo, aun a costa de ir en contra de todo lo que el resto de la sociedad considerase correcto, conveniente, oportuno, necesario o irremediable, el aborto podría siquiera ser puesto como una alternativa.
El relato inicial corresponde a la situación adversa en medio de la cual Cristo, el Hijo de Dios, encarnado, llega al mundo. Durante este fin de Semana Santo muchos de quienes apoyan la opción del aborto como “necesaria”, estarán mostrando caras de congoja por la muerte de Cristo, y celebrando luego su resurrección, al menos así parecerá. Se cuidarán de no comer carne y luego irán al Congreso a seguir empujando sus diluidas conciencias hasta el límite de la inexistencia, a favor del clamor popular.

Pero estarán olvidando y quizás obviando el hecho de que si María hubiese estado encinta en estos tiempos, la opción que ellos celebrarían sería la de que ella podría abortar. Sí, efectivamente, para muchos, Cristo debía haber sido abortado por las circunstancias en las que su madre María estaba enfrentando.
Como sabemos, Cristo no fue abortado; no porque en aquella época no se pudiera realizar algún procedimiento que conllevara la muerte del bebé en el vientre de María, sino porque la vida del pequeño tenía un propósito escrito en el libro de Dios.

Claro que años después, y es lo que recordamos estos días, muchos gritarían ¡Crucifícale! Aun esos gritos se oyen hoy, aunque ya no vienen del palacio de Pilatos en Jerusalén sino desde el Congreso en Valparaíso y desde la Moneda en Santiago. Cada vez que alguien levanta la voz a favor de la muerte de inocentes oímos el eco del gentío frente a la cruz diciendo ¡Crucifícale!

Jesús dijo “qué malo es para el mundo que haya tanta incitación a hacer el mal. Por cierto tiene que haberla, pero ¡ay de aquel que haga pecar a los demás!”.

Espero que este fin de semana algunos recapaciten y se puedan alinear con los opciones de Dios por la vida y no del mundo por la muerte.

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