Enemigos al acecho

Rev. Andrés Casanueva

“Todo aquel que no piense como yo es enemigo”, parece ser la preocupante consigna de estos tiempos. Ciertamente se habla mucho de tolerancia, pero a la hora de opinar, si un camionero trata de exponer su situación de inseguridad que le aqueja en la Araucanía, es tachado de momio. Si un Mapuche plantea su carente realidad y demandas ancestrales, se le acusa de terrorista. Si un empresario plantea sus diferencias con las reformas en boga es facho. Si un joven es rubio es de derecha. Si un evangélico está en contra de la agenda homosexual o el aborto, es homofóbico y violador de los Derechos Humanos.

El disentir de los planteamientos de otros pone a las personas como enemigos, lleva al ostracismo social y marca líneas que no permiten el diálogo. De paso se elimina la base sobre la cual se sustenta la democracia. Hoy si escribo algo sobre el Gobierno soy tildado de derechista, y si algo sobre la oposición lo soy de comunista.

Como hemos visto, se intenta imponer ideas propias atacando las del otro (sean beneficiosas o no), por el hecho de venir del “enemigo”. Lo triste es que esto se está haciendo extensivo a toda nuestra sociedad, y la polarización va alcanzando niveles alarmantes, como lo vemos en la calle, donde se escupe y ataca al otro por no ser de los nuestros, o simplemente por tener pinta diferente.

Sin duda esta polarizada violencia la vemos tanto en aquellos que por definición deberíamos ser agentes de paz, como en los que su cosmovisión propende al respeto a la vida, o las que representan la protección del más débil y aun no nacido, y hasta los que deben velar por el bienestar de la sociedad en su conjunto. Así no sorprende hoy ver a algunos “cristianos” optando por vías violentas, a algunos indígenas o adherentes reivindicando con violencia sus derechos, a algunas mujeres buscando el asesinato de sus hijos en sus vientres de manera violenta, y algunos políticos que amparan y promueven las vías violentas a través de sus discursos de justicia, paz y derechos humanos. Y ciertamente que se ataca a todo aquel que no es de “mi bando”. Al parecer vemos enemigos al acecho por todas partes. Lo que no nos queremos dar cuenta sin embargo, como decía de Chardin, es que el peor enemigo no es el otro, sino nosotros mismos.

Por ello debemos oír el insistente llamado del Evangelio a amar al prójimo y hasta al enemigo, y no sólo a los de mi bando. Esa es la única forma de no acabar con nuestra humanidad.

También los cristianos debemos entender que como evangélicos estamos llamado a denunciar. Pero denunciar no es dejar de amar.

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