¿Qué falló con Marcela Aranda?

Autor: Luis Aranguiz Kahn

Las redes sociales explotaron esta semana comentando un caso que parece un sarcasmo divino. Un hijo de Marcela Aranda, la persistente activista evangélica que trajo a Chile el Bus de la Libertad como modo de protesta contra la “ideología de género”, ha decidido realizarse un cambio legal de nombre y sexo a Carla González Aranda. La joven recientemente dio una conferencia respaldada por el Movilh en la cual decidió contar su testimonio y animar a quienes están en un proceso similar. Pese a que de esto ha resultado un ataque a la figura de Marcela y una defensa de Carla, conviene mirar el cuadro con un poco más de distancia, no solo porque así tendremos una perspectiva menos reactiva sino, sobre todo, porque a quienes les interesa reflexionar sobre el caso desde un punto de vista cristiano no deberían obviar que lo que ha evidenciado este caso es mucho más que una diferencia de posiciones dentro de una familia particular.

Comencemos por señalar que Marcela Aranda se constituyó un ícono de la lucha contra las iniciativas legislativas sobre género. Tanto fue así que incluso pretendió ser candidata al congreso de la nación. Arrastró tras de sí a muchos hermanos convencidos de la causa que ella representaba. “A mis hijos los educo yo”, se decía. Libertad frente al Estado. Cristianismo frente a ideología de género. Muchas fueron las denuncias que se hicieron contra Aranda respecto a su uso de la información o, en otra forma, a la desinformación que pudiera transmitir. Con todo, nadie parecía sospechar que tras, o más bien dentro, del bus de la libertad la activista ocultara una historia familiar sensible que, más que juzgar como si fuésemos policías de la privacidad, conviene poner en perspectiva.

¿Qué falló con Marcela Aranda? Resulta curioso que, para muchos evangélicos, lo que está ocurriendo no sea más que una campaña de desprestigio, una suerte de maquinación del Movilh, un espectáculo mediático, o, en suma, una obra del diablo. Sea cual sea la hipótesis que se maneje, no deja de sorprender el apoyo público que la activista recibe de parte de su hermandad seguidora. Evidentemente, no debe estar pasándolo bien. Pero, ¿lo está pasando bien su hija? Pareciera que de ella nada se dice. Solo se la menciona debido al “daño” que le ocasionaría a su “progenitora”, en el decir de Carla. Como si dejase un vacío, como si ella misma fuese un vacío que es imposible llenar con cualquier explicación religiosa. ¿Cómo puede ser que la persona que proclamó con tanta fuerza “a mis hijos los educo yo”, tenga una hija transexual? ¿Falló Marcela, fallaron sus conceptos o falló el modo de educación? Para más de alguno, simplemente falló Carla, la chica hija de la activista del bus de la libertad que, sin embargo, escogió un cambio libremente pese a cualquier restricción impuesta desde la creencia religiosa.

¿Fue el bus de la libertad un, valga la redundancia, bus de la libertad, o más bien fue un recipiente simbólico para ocultar la contradicción de luchar por una causa que no ha podido resolverse en la propia privacidad? Y si esto pudiese haber ocurrido así con Aranda, ¿puede ser que haya sido igual para otros evangélicos radicales? ¿Cuántos de ellos/as tendrán hijos/as o familiares transexuales, homosexuales, a los que han negado? Y más ampliamente, ¿Objetos simbólicos como el bus de la libertad no pueden, en algún caso, convertirse en el recipiente que contiene no solo la contradicción de las personas, sino de sus instituciones religiosas? Ni hablar de si acaso el bus pudiera ser la forma, para alguno, de proyectar una íntima homofobia. ¿Puede ser que lo que falló no fue simplemente Marcela Aranda y sus contradicciones humanas, sino todo un modelo religioso en que se justifican las contradicciones? En otras palabras, podríamos pensar si acaso lo que ocurre con Marcela Aranda en el plano familiar, y que en el presente es proyectado públicamente, no es otra cosa que la vieja contradicción evangélica respecto a la prédica de una alta moralidad hacia el exterior de la sociedad que, sin embargo, ni los propios predicadores de la misma son capaces de cumplir. Algo así como la clásica crítica de Jesús a los fariseos. ¿Es ese un modo adecuado de ingresar, desde una posición cristiana evangélica, a la esfera pública? ¿Será posible pensar otras opciones?

El espectáculo del bus de la libertad junto con la espectacularización de un drama familiar profundo como el que comentamos, son expresiones de la contradicción que se anida en la lucha teológico-jurídica por una libertad religiosa, versus la moderna libertad individual.  La palabra libertad deviene en significante vacío, se le pueden asignar significados que pueden llegar  ser opuestos exactos. De aquí que tras la pugna pública de posiciones, se esconde también una pugna por la prevalencia política de definiciones conceptuales que, lejos de ser solo palabras, implican transformaciones profundas en la comprensión de la sociedad que se intenta construir. ¿No es llamativo que, mientras que Aranda busca una libertad que significa menos Estado en la educación de sus hijos, uno de sus propios hijos buscó la expresión de su libertad individual precisamente gracias a las modificaciones estatales que otorgan un reconocimiento a su cambio de sexo? ¿No urge, entonces una reflexión respecto a la relación entre Iglesia, Estado y libertad? ¿Podremos llevarla a cabo con seriedad luego de impasses como este?

En el presente, la pregunta que merece un debate y la construcción de una respuesta contundente por parte de los cristianos no es si acaso podremos educar a nuestros hijos conforme a nuestras creencias. Nunca se ha requerido al Estado para eso, y no se requiere hoy tampoco. Sostener lo contrario es simplemente un embuste. La Iglesia no necesita al Estado para transmitir eficazmente su mensaje, a menos que o su mensaje sea insuficiente –y por lo tanto, vana sea nuestra esperanza-, o que sus mensajeros sean ineptos. La pregunta que merece un debate y la construcción de una respuesta contundente, digo, es si acaso podrá la iglesia convivir en una creciente sociedad pos-cristiana, desarrollando una teología capaz de comprender reflexivamente los cambios individuales y, con todo, preservar su cosmovisión.

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