Lo que hay que aprender de David Hormachea

Autor del artículo: Luis Aranguiz Kahn

¿Qué aprender de David Hormachea y su apoyo a J. A. Kast?

Recientemente, en el marco de la campaña electoral chilena, el nombre de David Hormachea ha irrumpido en el ámbito público. ¿La razón? Su aparición en la franja televisiva dando apoyo al candidato de la derecha conservadora, José Antonio Kast. No es mi interés profundizar en el ideario de Kast, más que en cuanto al hecho que suscita el apoyo repentino de un sector del campo evangélico. Frente a un Piñera aparentemente ambiguo en sus planteamientos morales, Kast trajo al escenario posiciones frontales sobre proyectos de ley controversiales como despenalización del aborto y matrimonio igualitario, entre otros. Pero, por sobre todo, instaló la relación entre la oposición a esos proyectos y la palabra clave “convicción”.

Es en este contexto de diferencias profundas de proyecto político en temas sexuales, que Hormachea debutó en televisión ante todos los chilenos, haciendo un llamado a católicos y evangélicos a votar por el candidato que defiende los valores cristianos. Es interesante notar que en su propaganda, no hace ninguna mención respecto a otras dimensiones del proyecto país kastiano. De modo que, al parecer, con Hormachea estamos frente, nuevamente, a ese clásico binomio reductivo sexo-valores, en que la convicción evangélica en el ámbito político se limita a la moralidad sexual. Hormachea se ha destacado por romper tabúes en el mundo evangélico. Indudablemente, su rol ha sido relevante en la apertura eclesiástica a la conversación de temas como matrimonio, sexualidad, familia, divorcio, entre otros. En sus días, había que tener valor para hablar de eso en las iglesias. Pero, ¿qué ocurre con este romper tabúes al hablar de política?

El año 2010, el obispo Emiliano Soto hizo un llamado a votar por el candidato concertacionista a la presidencia, Eduardo Frei. Sea esto cierto en alguna medida o no, y pese a que el aludido lo ha desmentido, en esos días, David Hormachea salió a contestar frontalmente dicha invitación a votar. Dijo que los evangélicos no deben dejarse influenciar por la opinión política de sus líderes. Paradójicamente, siete años después –y nótese el número-, lo encontramos haciendo exactamente lo mismo que antes con tanta convicción repudió.  Incluso si quisiéramos ser indulgentes con su figura, aduciendo que él no se arroga la representatividad del mundo evangélico como sí lo hace Emiliano Soto y que habla a título personal dando su opinión sin compromisos institucionales, lo cierto es que en la práctica está haciendo exactamente lo que cuestionó: intentar conducir un “voto evangélico” –que además no existe-, en pos de un candidato.

La pregunta aquí no es si acaso los cristianos pueden o no tener opinión política. ¿Por qué no habrían de tenerla? La cuestión,  no obstante, cambia cuando hablamos de pastores. El pastor es una figura representativa de la Iglesia de Cristo. El pastor está, por sobre todo, a cargo de velar por la salud espiritual de los creyentes. El pastor, además, como cualquier cristiano, está llamado al ministerio de la reconciliación. De modo que, si el pastor tiene una tarea altamente específica y noble en cuanto al cuidado de las almas, la primera cuestión es: ¿qué rol podría tener en los asuntos públicos?

Aunque Soto a la izquierda u Hormachea a la derecha, ambos pastores exhiben exactamente la misma confusión. Piensan que su posición de pastores les da alguna especie de derecho consuetudinario como autoridades para recomendar aquello que solo puede decidirse en conciencia. Por lo tanto, el problema no reside en las posiciones políticas que los pastores han tomado, sino la forma en la que han comprendido su rol público y el modo en que han comunicado sus opciones pues, al tomar un posicionamiento tan explícito, ¿no causan confusión entre los creyentes? ¿No propenden a la división entre los hermanos? En suma, ¿no incumplen su vocación pastoral? De ahí la importancia de que, en caso de aconsejar, lo hagan llamando a la consciencia de los creyentes, no invitando a votar por un candidato determinado. De ahí que, antes que invitar a votar cándidamente a los católicos en nombre de cierta afinidad valórica, sería conveniente preguntarse por qué no hay un sacerdote de su propio credo haciéndolo.

 En otro sentido, ¿qué es lo que se piensa respecto a los asuntos públicos y políticos? Esta segunda cuestión es igualmente espinosa. Resulta evidente que incluso la adopción de X opción es precaria pues, si hablamos de política, es decir los asuntos de la polis, el Estado, no podemos obviar temas tan importantes como las políticas económicas, las relaciones exteriores, salud, vivienda, salario mínimo, educación, migración, entre tantos otros. Ningún interés por estos asuntos se vio en el apoyo brindado a los candidatos. ¿Acaso el evangelio y su mensaje público se reduce únicamente a cuestiones sexuales? ¿Acaso la Biblia no provee principios para muchas otras preocupaciones públicas? ¿Tan pobres, limitadas y escasas son las convicciones cristianas? De modo que, junto con el problema que comporta el rol de los pastores en cuanto a los asuntos públicos, añadimos el problema respecto a la comprensión precaria que se tiene de los mismos.

A diferencia de estos pastores -a quienes en su justa medida conviene respetar por las distintas tareas que han realizado en pos de las iglesias evangélicas, sería injusto no reconocerlo- me parece que es urgente reforzar una auténtica cultura cívica en las iglesias evangélicas. Las convicciones extraídas de las Escrituras, que invocan la justicia, la equidad, y tantos otros horizontes sociopolíticos, han dado origen a poderosas acciones públicas que han trascendido los fuegos artificiales de la temporada electoral. Como laico, sin ninguna representatividad e influencia colectiva, y sin la absurda pretensión de ostentarla, quisiera aprender de David Hormachea. Después de todo, como cualquier maestro que se precie de tal, puede enseñar no solo con sus aciertos, sino también con sus, a veces, descalabrados desaciertos.

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