#PrayForParis, pero #PrayForMuslims

Por supuesto que debemos orar por París, pero como unos cuantos (solitarios) han entendido, hay que orar por mucho más. Quedarnos en una oración de consuelo, simplemente, invalida lo que se nos ha encomendado al creer en Cristo y formar parte de su iglesia.

Alégrense por la esperanza segura que tenemos. Tengan paciencia en las dificultades y sigan orando… Bendigan a quienes los persiguen. No los maldigan, sino pídanle a Dios en oración que los bendiga. Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Romanos 12:12-15, NTV

De todo lo difícil que resultan los atentados de París, lo más difícil es enfrentarnos a la realidad, por muy dura que sea: que no ha sido un hecho aislado, y no ha sido el peor.

Estos días hemos escuchado una gran variedad de tonterías por ahí; desde los que defendían que menos “orar”, menos “religión” (pero a la vez te defendían la paz y el amor como solución a todos los problemas, como si esas cualidades fueran plenamente humanas y no tuvieran nada de divino), hasta los que aprovechaban para defender el color de su bandera, fuera la que fuera (los de izquierdas acusando al capitalismo y los de derechas acusando a los refugiados. Solo ha faltado Piolín acusando a Silvestre).

Lo que ocurre es que cuando el horror golpea nos anula la capacidad de pararnos a pensar, una capacidad que ya de por sí ejercitamos poco. El horror, después de la primera parálisis, nos activa, nos incita a hacer algo, lo que sea. Por eso abundan los gestos simbólicos tanto en las redes sociales como por las calles: no es solo una respuesta, sino una respuesta improductiva. Hacemos algo, entendemos que así hacemos un servicio a favor de la libertad, o en contra del terrorismo, pero lo cierto es que hemos sido agentes completamente inútiles en la situación. Los terroristas salieron, mataron, murieron, y nosotros no tuvimos ninguna posibilidad de hacer nada por evitarlo.

No deberíamos sentirnos culpables por ello, pero lo hacemos, porque Occidente tiene un enorme complejo de culpabilidad. De ese complejo se aprovechan las ONG de dudosa moral con los anuncios de niños africanos con cara de pena, los bancos que publicitan su labor de obra social con discursos lacrimógenos e incluso Coca-Cola Company y su oda a la eterna felicidad. Hay algo en nuestro interior que constantemente nos recuerda que aunque tendemos a sentirnos miserables, somos unos privilegiados por vivir en este lugar y en este momento. El mundo que nosotros habitamos es una burbuja poco verídica. Hay ciertas ocasiones en que esa burbuja estalla y ocurren cosas como los atentados de París, que no son excepcionales, sino que nos parecen excepcionales. Queremos vivir en nuestra burbuja de tranquilidad, pero no somos conscientes de que para que nosotros podamos estar aquí dentro, la otra gran mayoría, por obligación, debe quedarse fuera.
Lo que más me preocupa de la respuesta al atentado en las redes sociales no es la inutilidad de los gestos, ni la pobreza de las reflexiones en muchos casos, sino que, de nuevo, nos dejamos llevar por la corriente: #PrayForParis, orad por París, se ha difundido y replicado constantemente en estos últimos días. Por supuesto que debemos orar por París, pero como unos cuantos (solitarios) han entendido, hay que orar por mucho más. Quedarnos en una oración de consuelo, simplemente, invalida lo que se nos ha encomendado al creer en Cristo y formar parte de su iglesia.

Observemos el texto de Romanos que cito arriba. Pablo escribió esto a la iglesia de Roma, un sitio donde las desgracias (y la persecución) no escaseaban. Si fuera algo aislado, que se cita solo una vez, lo entenderíamos, pero solo en el Nuevo Testamento hay más de cien menciones a la alegría, a alegrarnos, a no dejarnos desanimar. A nuestra sociedad occidental le cuesta muchísimo entender esa insistencia. El versículo 11 termina hablando de que sirvamos al Señor con entusiasmo, y el 12 sigue insistiendo en que nos alegremos por la esperanza que tenemos (de que estamos con Cristo, de que somos salvados, que nadie nos puede apartar del amor de Dios). Pero nosotros corremos rápidamente a lo último de todo, a llorar con los que lloran.

¿Podemos alegrarnos de una situación así? No. Y no se nos está pidiendo que nos alegremos de la situación, de la masacre, por muchas cosas buenas que acabemos descubriendo al final del camino. Se nos pide que nos alegremos en Cristo. En Filipenses 3:1 Pablo vuelve a insistir: “Alegraos en el Señor”. En Santiago 1:2 se los insiste: “cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho”. No tiene sentido aparente, pero nuestra alegría es que, aunque estemos tristes por la situación, aunque nos apene el duelo que atravesamos, esa pena no es lo más importante ni lo que nos define. No nos hunde ni nos absorbe. Hay una alegría mayor dispuesta a recibirnos, y es una alegría tan inmutable como la promesa que se nos ofrece.

Después de implantar esa alegría dentro de nosotros es cuando debemos actuar: tener paciencia y seguir orando. No siempre lo que nos intenta robar la alegría es un atentado, el horror irracional. A veces son las pequeñas desgracias o inconvenientes de la vida. El consejo de la Biblia en todo esto es sencillo: ceñirnos a la verdad, no perder la esperanza y seguir orando.

Por eso es tan ridículo que nos sumemos simplemente a una oración a posteriori por la ciudad de París. Lo que debemos hacer es seguir orando. Y este texto nos aclara aún más: seguir orando por quienes nos persiguen. Hoy en día no hay nada más claro que el Daesh odia a los cristianos, y les da igual dónde estén, o que incluso sean cristianos de verdad. Una de las características del pensamiento musulmán es asumir que cualquiera que vive en un país cristiano (aunque sea laico, como Francia), es cristiano (aunque sea ateo por convicción). Desde esa perspectiva, el texto de Romanos que cito se nos aplica irremediablemente. Vienen a por nosotros, y son nuestros enemigos. Pero fijaos qué preciosidad: “No los maldigan, sino pídanle a Dios en oración que los bendiga”. ¿Por qué?

¿Acaso Dios no tiene la capacidad de maldecir y aniquilar a estos indeseables? Sin embargo, yo creo que si Pablo se refería a que los cristianos de Roma de aquel entonces debían bendecir en oración a las autoridades romanas paganas (y a las autoridades judías) que los buscaban para acabar con ellos, no es una locura que ahora bendigamos en oración a otros que nos buscan para lo mismo. #PrayForParis es importante, porque estamos al mismo tiempo orando por toda Europa y todo Occidente, un lugar bajo el punto de mira que al mismo tiempo es tremendamente débil debido a nuestra tendencia a desviar la atención de lo que nos molesta o nos incomoda. En este video Nabeel Qureshi, antiguo musulmán convertido al cristianismo, recuerda que el islam no es una religión de paz salvo para aquellos que discriminan los pasajes violentos del Corán. Pero los musulmanes más fervientes, los que quieren cumplir toda la palabra de Alá, se agarrarán a pasajes como el capítulo 9 del Corán donde se insiste en que los cristianos y los judíos que no se conviertan deberán ser asesinados.

El islam es una religión que surgió de la guerra en una época violenta, y lo cierto es que solamente puede prosperar en medio de la guerra y la violencia. Los únicos musulmanes que defienden que el islam es una religión de paz son aquellos que emigraron e hicieron sus vidas en Occidente, y viven dentro de una sociedad con valores y principios cristianos en su ADN. Pero los musulmanes que viven en sociedades musulmanas son conscientes de que para poder cumplir con Alá deben hacerse valer en una situación de guerra. Y si no existe la guerra, ellos deben procurarla. De ahí nace la ideología que hay detrás del yihadismo.

Y aquí es donde cobra mucho más sentido las palabras de la Biblia que nos animan a bendecir a los que nos persiguen, y jamás, jamás, maldecir. ¿Cómo luchar contra una amenaza tan profunda, que viene se siglos atrás, que se inscribe en el pensamiento y el propio de ser de millones de niños de todo el mundo desde que nacen? No hay forma humana de luchar contra eso. El problema no es la educación, y ahora os explico por qué. Las armas deben ser divinas. No es solamente el atentado de París. Al igual que los atentados de la maratón de Boston, o el mismo 11-S, la mayoría de los terroristas no eran de fuera, y eso es lo que más terror nos provoca: eran de los nuestros. Crecieron con nosotros, estudiaron en nuestras escuelas. Eran de los descontentos, que buscando una forma de solucionar la miseria vital que provoca el pecado en cada ser humano acabaron encontrando un sentido a su descontento en el mensaje de odio de los radicales. Acabaron pensando que el islam tiene razón, pero no ese islam descafeinado que se predica desde Occidente, sino el islam verdadero, el de los musulmanes auténticos, que predican que su esperanza está no en la alegría profunda que provoca Cristo, sino en la venganza y la muerte que aseguran el paraíso. Los últimos meses nos han bombardeado las noticias de redadas y detenciones de personas, aquí mismo, en España, que se habían convertido al islam o que venían de familias musulmanas y que se habían alistado al Daesh y estaban a punto de viajar hasta Oriente Medio para sumarse a su ejército. Para nosotros no tiene sentido, pero eso no importa en absoluto. La Biblia no nos pide que los entendamos, ni que los justifiquemos: pide que los bendigamos.

He cogido este pasaje de Romanos como podía haber cogido muchos otros, e incluso las mismas palabras de Jesús de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Cuando Jesús explicó esto, el joven se le plantó diciendo que el prójimo no podía ser cualquiera, y Jesús le contó que el prójimo era incluso el más inesperado, como el samaritano. Lo mismo pasa hoy con nuestros vecinos musulmanes.

No sé vosotros, pero donde yo vivo hay una gran comunidad musulmana. Tenemos que ser conscientes de que es muy posible que muchos de los hijos de estas familias crezcan y su infelicidad, su rabia profunda (la misma que todos compartimos por ser humanos y estar separados de Dios), les lleve a radicalizarse y a encontrar sentido en el odio y la violencia. Es el momento de empezar a orar por ellos, e incluso más allá: es el momento de empezar a amarles para abrir un camino en que puedan conocer a Cristo, para no tener que orar después de que suceda otro atentado.

Tomado de www,protestantedigital.com

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