¿Qué criticamos cuando criticamos el pentecostalismo?

 

Por Luis Aranguiz

Desde sus inicios, y no solo en Chile, lo que conocemos como movimiento pentecostal ha recibido todo tipo de críticas. Es que el pentecostalismo desde un principio resultó extraño no solo para quien desconocía asuntos religiosos, sino también para los propios miembros de otro tipo de denominaciones cristianas. Si bien los distintos avivamientos pentecostales que acontecieron en la primera década del siglo XX no estuvieron articulados de ningún modo explícito, salvo quizá las noticias esporádicas que pudieran tenerse (como en el caso del avivamiento chileno, motivado por las noticias de India), hay dos rasgos que los hacen analógicamente semejantes. Los creyentes, antes pertenecientes a otro tipo de iglesia, buscaron, experimentaron y promovieron una espiritualidad carismática compuesta por una serie de prácticas como el hablar en lenguas y vivir estados de éxtasis. Y, junto con ello, esto se dio especialmente en las capas sociales bajas de los contextos en que se originaron.

 

Con estos antecedentes en cuenta, la práctica carismática fue lo primero que se cuestionó. Para los vecinos, las reuniones eran ruidos molestos (¿y cómo no, si aun hoy las iglesias pentecostales son denunciadas por ello?), para otros creyentes, era sedición de la doctrina tradicional. Y para ambos, era locura. Obviamente, los pentecostales se tomaban esto último con más orgullo que pesadumbre.

 

Ahora bien, la cuestión de este texto es otra, y me parece fundamental: ¿Qué es lo que criticamos cuando criticamos el pentecostalismo? Con demasiada frecuencia, los críticos del pentecostalismo -tanto internos como externos, y entre estos últimos incluyo desde aquellos ortodoxísimos hermanos de iglesias protestantes ‘históricas’ hasta los más férreos ateos- han esgrimido sus argumentos en diferentes niveles y formas. Pero lo que queda claro es que su blanco ha sido lo que todos denominamos ‘pentecostalismo’. Sin embargo, es necesaria una reflexión adecuada en torno a lo que este término denota. Salvo los investigadores de distintas áreas académicas, por lo general este término se usa para referir simplemente a un grupo de creyentes con una cierta forma ritual y práctica de fe.

 

Mi historia personal también está llena de críticas al ‘pentecostalismo’. Sin embargo, luego de dar muchas vueltas al tema, he concluido de que no puedo hablar de ‘pentecostalismo’ a secas. Y eso por una razón muy simple. Son demasiadas las perspectivas y factores que están en juego. Uno puede decir: ‘los pentecostales son locos’, que ‘son corruptos’, y que ‘son ignorantes’, etc. Pero todos estos enunciados responden a distintas dimensiones de lo que llamamos genéricamente ‘pentecostalismo’.  Por ello, quisiera pensar la crítica con algunas distinciones.

 

La crítica a la corrupción está en un nivel Administrativo. Para nadie es novedad que lamentablemente hay pastores pentecostales que se han enriquecido a costa de sus fieles. Lo paradójico es que eso pareciera notarlo más los vecinos del barrio que el feligrés, quien debería ser el más interesado en que el dinero se use para la Obra y no tanto para financiar los caprichos del pastor. Una cosa es que reciba dinero, y otra muy distinta es que de pronto, luego de ser un simple mortal pagando hipoteca, aparezca con 4×4, casa en la playa y lentes RayBan. Una crítica a este nivel me parece más que respetable, es absolutamente necesaria y  bienvenida. Representa un desafío no solo para las distintas denominaciones sino para las congregaciones locales y el creyente común. Con un análisis más serio del tema desde un punto de vista bíblico, estas cosas no tienen justificación.

 

Otra crítica recurrente es aquella que apunta a la ignorancia. Esta la situaría, a grandes rasgos, en un nivel Teológico. También es cierto que no todas, pero muchas denominaciones pentecostales han vivido en un oscurantismo bíblico que lamentablemente ha derivado, en ocasiones, en creencias tan novedosas, que comparadas con cualquier otra heterodoxia hacen ver a estas últimas como una ortodoxia más. En cierto sentido, concuerdo con las personas que notan estas deficiencias. Es cierto que se necesita un sistema de organización que aspire a la probidad, y también es cierto que se requiere una capacitación bíblica y una conciencia histórica del cristianismo que amplíe los horizontes. De hecho, la cuestión no es si el pentecostalismo tiene o no teología, pues la tiene de modo implícito –la calidad de la misma, es otra cosa-. Más bien, de lo que se trata el problema es que se tenga una formulación siquiera básica de esa teología y, siendo más optimistas, que luego sea vista por los propios pentecostales a la luz de la tradición teológica cristiana en general. Hay noticia de que en otras latitudes ya se lleva avanzado un proceso de este tipo. En Chile es muy necesario por tres razones: la sociedad cada vez exigirá más razón de la fe al creyente, y particularmente al pentecostal; por otra parte, hay una serie de creyentes frenéticos que atacan animosamente al movimiento pentecostal por su ignorancia, y me parece que si bien hay distancias teológicas considerables, el pentecostalismo tampoco esta tan desprovisto de base bíblica que no pueda siquiera articular argumentos razonables ensamblados metodológicamente para dar una respuesta interesante; y por último, porque si el creyente pentecostal es tan fervoroso en su búsqueda de Dios, ¿acaso no sería una incongruencia no querer conocer más a ese Dios en el que tanto cree, especialmente considerando que ese Dios que se le revela, se supone que reveló también lo contenido en la Biblia?

 

Cabe notar que estas sólo son algunas dimensiones de su compleja composición. Antes ni siquiera distinguía el área jerárquica o el área teológica. Yo simplemente criticaba lo que me parecía mal. Ahora distingo esas, y también otras. Por ejemplo, veamos el área Comunitaria. A pesar de los defectos evidentes que hemos mencionado, en el área comunitaria es muy difícil hacer una crítica. Cualquiera que haya convivido en una comunidad pentecostal sabe lo valioso que es el espíritu de hermandad. Basta saber que algún hermano quedó sin trabajo, o se siente enfermo, o siquiera falta a la iglesia por desánimo, y se constituyen grupos de visita. En otras comunidades hay más niveles de apoyo como las comisiones encargadas de juntar alimentos para repartir a las familias con problemas económicos. Para qué hablar del apoyo y las visitas al hijo del matrimonio que está en drogadicción o alcoholismo. Y ¿Qué crítica podríamos hacer de la hospitalidad? Aún quedan algunas denominaciones pentecostales en las que es muy frecuente hacer eventos en que se invita a hermanos de distintas localidades, tanto nacionales como extranjeras. La familia pentecostal atiende al hermano de visita y lo recibe en la casa como si fuera un amigo de toda la vida. Quizá la crítica más importante que se pueda elaborar en este ámbito es la que tiene que ver con el control de conducta de los hermanos, que ocasionalmente puede ser excesivo y, producto de ello, generar molestias evidentes y justificadas. Se hace necesaria, también, una clara diferenciación entre la vida privada y pública, junto con la delimitación de los límites de influencia del pastor o los hermanos con cargo sobre el creyente común. No es extraño que, por ofrecer una apertura excesiva de su vida privada, algunos creyentes terminan desgraciadamente manipulados por pastores o personas que están muy lejos de honrar su ministerio con ese tipo de práctica invasiva.

 

Otra dimensión que también es importante considerar, es la Social. Es cierto que hay una falta de programas de trabajo social. Y si es que los hay, son pocos y a veces no lo suficientemente conocidos. Sin embargo, en esta dimensión pueden hacerse interesantes apreciaciones. Tal vez la más conocida, y de la cual hablaré porque es la que mejor conozco, es la obra en las cárceles. Tuve la oportunidad de servir en una, y puedo dar cuenta de que la obra carcelaria ha sido fundamental en el trabajo de evangelización de reos, y el número mayoritario de activistas evangélicos que trabajan en esta área es pentecostal. Con virtudes y defectos, son ellos los que han hecho este avance. Tal vez habrá algún bautista, algún presbiteriano, pero son los pentecostales los que han trabajado más arduamente en esta área de predicación y es injusto que por otros defectos del ‘pentecostalismo’, se invalide un trabajo al que las iglesias mas “serias” saludan cortésmente desde lejos.

 

Un último aspecto que me gustaría destacar es el Denominacional. En Chile el pentecostalismo no es un movimiento unificado. Está dividido en muchos grupos que, aunque tienen puntos comunes, también tienen diversas diferencias. Así, aunque existen diversos énfasis que en ocasiones no son los más adecuados en términos teológicos, también hay denominaciones que conservan –o que están intentando volver- a una enseñanza más cristocentrica. Y además, queda por mencionar que por el hecho de no tener una articulación teológica claramente delimitada, también cada comunidad local tiene distintos énfasis. De este modo, se constituyen en una especie de micromundo. Por lo tanto, no se puede llegar y decir ‘los pentecostales chilenos…’ ¡Qué complejo se vuelve generalizar con la palabra ‘pentecostalismo’!

 

Mi interés no es crear una apología del pentecostalismo, sino llamar la atención sobre el foco de los críticos. Se vuelve cargoso el nivel de prejuicio e ignorancia con el que se ataca al pentecostalismo, probablemente resulta fácil hacerlo porque se supone que un creyente pentecostal no ofrecerá una respuesta contundente. Si hemos de criticar, tiene que hacerse con seriedad. Desde un punto de vista intra-cristiano, las iglesias históricas en Chile tampoco gozan de una reputación intachable, sin embargo, eso no impide que haya creyentes pentecostales que estén interesados en su teología para aprender más ¿Por qué no podría ocurrir un proceso inverso? ¿Acaso, por ejemplo, un presbiteriano o un luterano no tienen nada que aprender de lo que se ha hecho en las cárceles en un sentido positivo?

 

El movimiento pentecostal chileno brilla cada vez más por su desunión denominacional, problemas internos administrativos, una teología que a veces desgraciadamente deja mucho que desear; pero no se puede olvidar que a pesar de estos defectos sistémicos y de pensamiento –incluidas las desorientaciones más penosas como el neo-pentecostalismo de mercado-, aún queda el hermano que va al templo piadosamente con gratitud a un Dios que le dio todo, y también la comunidad misma que a veces incluso intenta evadir las acusaciones, o busca su arreglo, mediante sencillas oraciones. Es esa comunidad la que sigue siendo valiosa, ese creyente sincero que intenta ver a Dios en cada paso de su vida. La comunidad en que encontramos todo tipo de testimonios de cambios de vida que ninguna institución de ayuda social pudo jamás lograr. Pienso que hay otras dimensiones, pero más allá de eso, la cuestión es que si se ha de hacer una crítica, que esta sea capaz de diferenciar a qué ámbito se refiere, que evite la generalización burda. En suma, que antes de llevarla a cabo, nos preguntemos ¿Qué es lo que criticamos cuando criticamos el pentecostalismo?

 

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