Tres décadas de Diseño inteligente

Hasta ahora Michael Behe ha sabido responder adecuadamente todas las críticas que se le han formulado y sigue manteniendo su postura.

No sólo fueron los evolucionistas ateos quienes se le echaron encima, también los evolucionistas teístas se enfadaron y arremetieron contra Johnson. En el epílogo de Proceso a Darwin se retaba a los cristianos darwinistas con estas palabras: “Naturalmente, no estoy de acuerdo con esta estrategia. No creo que la mente pueda servir a dos amos, y estoy cierto que cada vez que se haga el intento, al final el naturalismo será el verdadero amo y el teísmo tendrá que mantenerse bajo sus dictados. Si la tesis del relojero ciego es cierta, entonces el naturalismo merece regir, pero me estoy dirigiendo a los que creen que esta tesis es falsa, o al menos que estén dispuestos a considerar la posibilidad de que sea falsa. Estas personas tienen que estar dispuestas a desafiar las falsas doctrinas, no sobre la base del prejuicio ni de la ciega adhesión a la tradición, sino con argumentos claros y razonados.”1

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Además de las reacciones en contra procedentes del darwinismo, Johnson tuvo que encajar también las críticas de los creacionistas de la Tierra joven, quienes le acusaron de timidez y cobardía intelectual ya que, según ellos, Proceso a Darwin no proponía ninguna solución alternativa. Se atacaba el mecanismo de la selección natural pero no se defendía la creación del Génesis según la interpretación literal. Algunos comentaristas sugieren que el hecho de provocar tantas reacciones adversas en grupos tan diferentes fue como un revulsivo que garantizó la rápida difusión del Diseño inteligente.2

Por su parte, Michael Behe -bioquímico de la Universidad de Lehigh en Pennsylvania- publicó en 1996 el famoso libro, La caja negra de Darwin. Dicha caja negra era la célula que, si bien en la época de los naturalistas decimonónicos se trataba de algo notablemente desconocido, actualmente había dejado de serlo. Este texto dice que los conocimientos bioquímicos y citológicos de hoy impiden vislumbrar convincentemente cómo la selección natural hubiera podido crear gradualmente máquinas de la complejidad de las observadas en el interior celular. Behe explica con detalle el funcionamiento molecular de cilios, flagelos bacterianos, mecanismos como la coagulación de la sangre, el transporte intracelular de sustancias mediante vesículas así como su intercambio con el exterior a través de la membrana plasmática, el complejo funcionamiento de los anticuerpos en el sistema inmunológico, la síntesis de moléculas tan necesarias como el AMP (adenosina monofosfato), etc. A tales estructuras citológicas las denomina “irreductiblemente complejas” -todas sus partes cooperan para ejercer la función útil del sistema completo pero no sirven de nada por separado- y señala que en ausencia de un diseño inteligente previo, estas máquinas nunca podrían haberse originado ya que la selección natural no hace planes de futuro, ni puede seleccionar algo que no existe todavía.

A pesar de que Behe aceptaba la evolución biológica, el alud de críticas lo envolvió por completo. El darwinismo no podía permitir ninguna mente inteligente detrás del proceso evolutivo natural. Se le dijo de todo menos guapo. En un artículo de la revista Biology and Philosophy se le equiparó a Stalin y a Osama bin Laden.3 Tal era la supuesta malignidad que encarnaba para algunos científicos evolucionistas de idiosincrasia norteamericana. Se aseguró una y mil veces que ni los creacionistas, ni tampoco quienes proponían el diseño inteligente, entendían el mecanismo de la selección natural. Se llegó a decir que la evolución no es un proceso aleatorio sino selectivo ya que escoge sólo combinaciones de genes adaptativos porque éstas se reproducen más eficazmente y llegan a predominar en las poblaciones. De esta manera, millones de mutaciones seleccionadas en millones de individuos, a lo largo de millones de generaciones, durante millones de años, son capaces de “crear” órganos que parecen irreductiblemente complejos, o diseñados inteligentemente, pero no lo son.

No obstante, el valor y la posición privilegiada de Behe, como bioquímico de prestigio, no sólo le ha permitido retar a sus colegas darwinistas para que demuestren con rigor -y no apelando a la entelequia indemostrable de los millones de mutaciones beneficiosas- cómo un sistema irreductiblemente complejo puede originarse por medio de la selección natural. Hasta ahora ha sabido responder adecuadamente todas las críticas que se le han formulado y sigue manteniendo su postura.

Phillip Johnson defendió los argumentos de Behe y se refirió a su posicionamiento para señalar también la incoherencia del evolucionismo teísta. En su opinión, los cristianos que asumían el darwinismo estaban, de hecho, aceptando un naturalismo teísta que difería poco de lo que proponía el ateísmo. ¿Por qué a Behe, en cambio, no se le podía considerar evolucionista teísta? De hecho, éste había manifestado que no era creacionista -en el sentido de apoyar literalmente el relato bíblico de la creación-. Además, tampoco estaba en contra del planteamiento evolucionista del ancestro común. Luego entonces, ¿qué le separaba de la evolución teísta? Sólo un detalle: Behe creía que únicamente el diseño de una inteligencia superior podía haber dirigido todo el proceso de la evolución.4 Sin embargo, el evolucionismo teísta no está dispuesto a aceptar dicha premisa sino que prefiere asumir que todo ha ocurrido de manera natural sin la intervención de ninguna mente extraterrestre o sobrenatural. El naturalismo metodológico exige que cualquier creencia religiosa se aparque en el ámbito de lo estrictamente privado o personal. El cristiano que acepta la teoría de Darwin cree que Dios es el responsable último del proceso evolutivo. No obstante, el propio método naturalista que domina la ciencia le prohíbe mostrar evidencias para apoyar dicha creencia.

Johnson lo explica así: “En ciencia no es aceptable decir: ‘Como científico, veo pruebas de que los organismos fueron diseñados por una inteligencia preexistente y, por lo tanto, otros observadores objetivos también deberían inferir la existencia de un diseñador’. Esta afirmación está dentro de los límites del naturalismo metodológico, y la mayoría de los científicos naturalistas la interpretarían como que sólo quiere decir ‘me consuela creer en Dios y así lo hago’. Esta declaración introduce al diseñador en el terreno de la realidad objetiva, y eso es lo que prohíbe el naturalismo metodológico.”5 No obstante, Behe cuestionaba directamente este principio naturalista al decir que el diseño y la inteligencia eran una característica real del cosmos que no se puede atribuir a las solas leyes fisicoquímicas o naturales. Este era precisamente el conflicto fundamental entre los darwinistas y los proponentes del naciente movimiento del Diseño inteligente. Para unos era una mera ilusión, mientras que para los otros se trata de una evidencia auténtica.

A Michael Behe se unió poco después el filósofo y matemático, William Dembski, quien defendía el diseño desde la teoría de la información, introduciendo el concepto de “complejidad específica”. Este criterio afirma que algo ha sido diseñado inteligentemente si presenta complejidad -es difícil de reproducir por casualidad- y además es específico -coincide con un determinado patrón independiente-. A Dembski se le añadieron después otros tres pensadores relevantes en sus respectivas áreas, Stephen Meyer y Paul Nelson (ambos especialistas en filosofía de la ciencia) y Jonathan Wells (experto en biología molecular), quienes constituyeron los llamados “cuatro jinetes” del diseño inteligente. Actualmente son muchos los científicos que cabalgan en las filas de este movimiento, convencidos de que se trata de una tercera vía intermedia entre el creacionismo de la Tierra joven y el darwinismo del relojero ciego.

1 Ph. E. Johnson, Proceso a Darwin, Portavoz, Grand Rapids, MI, USA, 1995, p. 179. 2 D. O’Leary, ¿Por Diseño o por Azar?, Clie, Viladecavalls, Barcelona, 2011, p. 214. 3 “Darwin’s Nihilistic Idea”, Tamler Sommers and Alex Rosenberg, Biology and Philosophy, Vol. 18, Issue 5, November 2003. http://www.kluweronline.com/issn/0169-3867. 4 S. N. Gundry, J. P. Moreland y J. M. Reynolds, Tres puntos de vista sobre la creación y la evolución, Vida, Miami, 2009, p. 273. 5 Ibid., p. 274.

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