El voto evangélico: ¿un mito improbable?

Por Jaime Galaz Guzmán, Estudiante de Magíster en Ciencia Política, Universidad de Chile

Recién acontecida la primera vuelta de la elección presidencial en Chile (en conjunto con elecciones de congresistas y consejeros regionales), es necesario preguntarse, dado el apoyo entregado por pastores al candidato José Antonio Kast, sobre la pertinencia, alcance y existencia del “voto evangélico” en Chile.

Como es sabido, el influyente pastor David Hormachea realizó un llamado a votar por el candidato anteriormente nombrado. Este llamado se sustentaba en el argumento de la defensa de “valores trascendentales” y, supuestamente, identitarios de este sector religioso. De hecho, Kast recibió el apoyo del partido Unidos por la Fe, dirigido por el pastor Dany Molina, de la corriente apostólica profética. La pregunta que es necesario hacerse es, si los evangélicos son cerca del 20% de la población, ¿por qué un candidato apoyado por ellos saca sólo un 7,93%? ¿Es tan influyente el voto evangélico o es, por así decirlo, sólo un mito improbable?

Uno de los factores necesarios a evaluar es la cohesión que puede llegar a existir en el mundo evangélico. Esto es necesario para saber si el liderazgo de este supuesto voto puede recaer sobre uno o algunos “líderes”, caudillos o carismáticos motivadores capaces de endosar apoyo a un candidato o sector político. En este caso, se buscó la cohesión a través de la defensa de supuestos valores cristianos, tales como: la familia tradicional, la oposición a las parejas del mismo sexo y el matrimonio igualitario, la limitación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, etc. Este conjunto de valores se esgrimían como trascendentales y vitales para el destino de Chile. Sin embargo, si bien existió un apoyo visible de evangélicos (pastores y hermanos de base) hacia José Antonio Kast, este no se evidenció en un apoyo grueso de un sector que dice representar el 20% del país. ¿Están cohesionados los evangélicos en las posiciones de ultra derecha de José Antonio Kast? ¿Pueden los fieles evangélicos ser llevados como oveja a votar por quiénes sus pastores les ordenen, en una dinámica de micro poder de control y castigo, a la manera que sugiere Foucault?

El 7,94% de votación obtenido por Kast, porcentaje más alto que el proyectado por todas las encuestas (aunque las encuestas son materias de otra columna), si bien es importante no puede verse, bajo ninguna circunstancia, como la proyección del apoyo de toda la iglesia evangélica hacia esa candidatura. Entonces, ¿son tan propios de la identidad evangélica los valores que pregonan Kast y David Hormachea? ¿Son la ultra derecha y la centro derecha lo domicilios exclusivos del pueblo evangélico o los valores sociales de la izquierda también identifican al miembro de base de la iglesia evangélica más allá de un porcentaje marginal? Quizás el error de Hormachea y otros que apoyaron a Kast fue asumir que los valores que ellos califican como trascendentes son unívocos, inamovibles e inmutables para todos los evangélicos. El error no es su apoyo a un candidato particular o una posición política, sino, más bien, creer que los evangélicos son una masa homogénea de personas con comportamiento medible, predecible y modeable. Es decir, se apeló a una lógica de obediencia a los pastores y líderes, apelando a una masa (supuesta) con necesidad de guía en lo político, para tomar una decisión acorde a los “valores” necesarios de una comunidad que está por sobre otros individuos.

Los pastores y líderes (y quizás los miembros de base) evangélicos, al menos en el discurso levantado, parecen dar a entender que los valores de esta religión no sólo son trascendentales, sino superiores a los de cualquier otro individuo, dando paso a una lógica cercana a una especie de proto fascismo religioso, donde se imponen los valores y anhelos de una comunidad ideal a todos, con el fin de mantener ciertos estándares de pureza, en este caso, moral. Es decir, la lógica discursiva de los líderes evangélicos (y lo semántico en política es sumamente importante) es, quizás, el principio de un camino hacia una especie de fascismo basado en valores religiosos, una peligrosa teología política que trae el riesgo de polarizar al pueblo evangélico en un esquema político, lo que podría traer, incluso, división dentro de la iglesia, con caudillos capaces de movilizar a ciertos sectores de la iglesia en pos de este discurso de “valores trascendentes”.

En este sentido, no sólo existe un apoyo a un candidato, sino que se levantaron más de 22 candidatos evangélicos, con el fin de establecer una bancada religiosa, en defensa de los “valores cristianos”, fortaleciendo la posición de la iglesia en el esquema político. Sin embargo, de estos candidatos sólo 2 fueron electos, probablemente, con el voto de miembros de iglesias evangélicas, aunque no se hizo extensivo a todos los candidatos, lo que no deja de generar interrogantes dado la alta presencia en todo el país de la iglesia evangélica.

Para finalizar, es importante decir que esta elección demuestra que la cohesión no es una característica inherente a la iglesia evangélica, que no sólo se muestra, sino que es diversa y amplia, con posiciones políticas diferentes y heterogéneas, y no una masa permeable y maleable por la opinión y llamados de líderes y pastores en apoyo o en contra de un candidato o posiciones políticas. En este sentido, esa amplitud causa más preguntas que certezas, pensando en el futuro que traerá, muy probablemente, una iglesia involucrada, aún más, en la política contingente del país. Por supuesto, este proceso electoral deja la inquietud respecto a las posiciones políticas del “pueblo evangélico”, pues parece difícil clasificarlos del todo en la centro derecha o la ultra derecha y no pensar, al menos como posibilidad, que la izquierda también seduce a los evangélicos de base en búsqueda de un mundo mejor. Quizás (y esto sólo es una elucubración) una parte de la gran votación obtenida por Beatriz Sánchez y el Frente Amplio responda a la voluntad expresada por evangélicos con posiciones distintas a Hormachea, Hédito Espinoza y otros pastores. Existe una probabilidad que una parte de la iglesia evangélica no responda a este discurso polarizador y cercano a la ultra derecha y el proto fascismo, y tenga la pretensión de  una participación política distinta, sin ser tratado como caudal de votos transable o una masa con el deber de obedecer los dictados de un iluminado por la Divina Providencia o sus intereses propios y egoístas. Al final de cuentas, el voto evangélico es, al parecer, un mito improbable.

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